Alba. Foto: Violeta Gil Quintana (Lagarta Comunicación)

El reconocimiento de mí misma como mujer fue un paso. No es algo que habitualmente se tenga que plantear cualquier persona. Desde pequeña sentía que había algo diferente. Deseaba “ser una mujer”, pero pensaba que si no había nacido con lo que se entiende por “sexo femenino”, no había otra alternativa.

Esto lo comento bastante. En los noventa, que parece que fueron el otro día, ni de broma había tanta información como la que hay hoy en día. Internet y la globalización han hecho mucho. Han permitido que personas de todo el mundo podamos conectarnos, viendo todas nuestras diferencias; y que lo que parecía una realidad estadísticamente despreciable, empezara a ser algo significativo. Una persona trans, difícilmente podrá encontrarse con otras y compartir experiencias en espacios seguros sin Internet. Solo en asociaciones como Gamá.

 

Hace veinte años, las referentes que podíamos tener de una chica trans se reducían a lo que te encontrabas al enchufar “El Diario de Patricia” en la tele. Te topabas con cualquier espécimen que saliera. La gente que aparecía allí era considerada bichos raros en general, estaban ahí para generar morbo en el espectador. Y, de vez en cuando, aparecía ahí una chica trans que cumplía con los requisitos para provocar ese morbo en el público: duras transiciones tardías y mal llevadas, de personas que lo han pasado realmente mal. Y  todo el escarnio público al que se les sometía, me generaba miedo.La idea que se implantó en mi cabeza fue que no era posible ser una chica. No me había tocado en esta vida ser quien debía ser. Así que me limitaba a soñar, a pensar “ojalá lo hubiera sido” y a conformarme con esa realidad. Y a enterrarlo todo muy dentro de mí, junto con mucho sufrimiento.

A lo largo de mi vida me esforcé todo lo que pude por ser un chico. Desarrollé comportamientos y una masculinidad muy exacerbada. En mi grupo de amigos yo intentaba ser el que más ligaba y demás. Pero ya a los trece o catorce años empecé a quedar con algún que otro chico. Y al ver lo que sentía por los chicos, me fui planteando que quizás la necesidad que tenía de poder mostrarme y expresarme como chica era debida a mi bisexualidad. Una confusión muy frecuente cuando no hay información.

“Tengo muchos pequeños sueños. El principal es aceptarme completamente. Creo que todo el mundo debería soñar con eso, no solo las personas trans. Me conformo con que llegue el día que sea capaz de ocuparme en lugar de preocuparme, y con que sea capaz de entender mis emociones en cada momento y aprender de ellas, sin más.”

Entorno a los dieciséis años salí del armario como bisexual. A los veintiuno conocí a una chica con la que empecé a salir y, a los pocos meses de relación ella me preguntó: “¿Tú no serás trans?” Y yo lo negué mil veces: “no, no, no, no…”

Conforme fue pasando el tiempo llegó un punto de inflexión en el que me atreví aceptarme. También es verdad que ya había fallecido mi padre, una figura a la que intentaba no defraudar. Probablemente a él no le habría defraudado el hecho de que yo fuera una persona trans y yo tenía mucho miedo a decepcionarle. Así que empecé mi transición a los 24 años y seguí con esta chica. Ella me protegió bastante del exterior, de la transfobia, que aparece en cualquier parte cuando menos te lo esperas.

En mi entorno familiar al principio costó un pelín aceptarlo. No es que me rechazasen, ni mucho menos; ni que me hayan dejado de querer. Me refiero a que a alguno le costó encajarlo. Porque es muy frecuente que cuando le presentas a tu familia esta realidad, por muy abiertos que puedan ser, muestren miedo a lo desconocido. Y que, cuando va pasando el tiempo, se les vaya pasando. Me encontré con los típicos comentarios, cuestionamientos del tipo: “nunca diste una señal o una prueba”. Con el tiempo, parece que han visto esas “señales que sí que hubo”, o que la gente espera ver en el proceso vital de una persona trans. Hoy tengo la aceptación y el cariño de toda mi familia.

Con algunos miembros, no con todos, compartí mi orientación sexual. Con la identidad sexual y de género, si realizas una transición, no es posible esconderse tras una máscara y no salir del armario, o abrirte solo a quien tú quieras, porque los rasgos físicos son notorios.

Puedes ser trans, que tu identidad de género no se corresponda con el sexo que te asignaron al nacer, y que no quieras o no necesites hacer ese tránsito. Pero si inicias el tránsito, la salida del armario es inevitable.

 

“He tomado la decisión de no decirlo si no me nace. Parto de la base de que ser trans no es algo negativo ni debe ser un condicionante. Así que, si tenemos un conflicto porque no te he dicho que soy trans, debe plantearse también el conflicto de que tú no me has dicho que eres tránsfobo. Así de claro: si llego a saber que eres tránsfobo, no habría salido contigo.

 

Antes de mi transición no mostré mi sexualidad por miedo a que hubiera un rechazo. También es cierto que no tuve ninguna relación duradera. Tuve un novio pero no estuve con él mucho tiempo como para presentarlo a toda mi familia. Si hubiera durado más, supongo que habría dado el paso.

No para la mayoría, pero, por ejemplo, sí para mis abuelos. Con ellos salí del armario con todo: como mujer trans y bisexual. Pero la verdad es que no sé cómo me leen, no sé si en su cabeza ha habido una explosión.

Me he encontrado que me cuestionen: ¿Cómo vas a ser mujer si tienes novia? No recuerdo si esa pregunta ha salido alguna vez de algún familiar. Pero sí, me he encontrado con el cuestionamiento típico de: “tú has pasado de hombre a mujer, ¿por qué estás ahora con una chica?”. Es un error de concepto frecuente, porque yo siempre he sido una mujer, simplemente ahora la gente me lee como tal por mi expresión de género. Y el tránsito lo haces por ti misma, por tu identidad, por cómo te sientes. Si el objetivo fuera estar con chicos, no habría transitado, porque como chico habría ligado mucho más fácilmente con otros chicos.

Por parte de mi familia prácticamente nunca me siento cuestionada. Todo se complica un poquito y, a lo mejor no directamente, pero indirectamente te ves forzada a dar un 200% de ti misma en el trabajo por ejemplo, por miedo a estereotipos. Y eso que yo tengo la suerte de que en mi trabajo no tengo ni he tenido ningún tipo de problema, me han valorado por lo que aporto y nada más. Pero no es frecuente tener esa suerte. Las estadísticas están ahí para demostrarlo ¿no?

Lo más difícil de mi gran salida del armario ha sido el inicio, tomar la decisión de transitar. Porque los “especialistas” de la Unidad de Género del Negrín me dijeron que tenía que vestir como una chica como inicio de mi transición. Aquí entra otra buena pregunta: ¿qué es vestirse como una chica o como una mujer? ¡A ver si ahora resulta que tienes que ir con vestiditos y maquillaje para ser una mujer! El caso es que, en esa situación, te entra la duda de si te van a aceptar para todo el proceso médico, para empezar con la hormonación, así que haces lo que sea y te adaptas a la norma. Quiero aclarar para quien no ha vivido esto, que el día que te dan la receta de las hormonas es el día más feliz de tu vida. Me fui a comprar las pastillas a la farmacia, me las tomé en la misma calle y me eché a llorar.

Así que, siguiendo las indicaciones de los “especialistas” empecé a mostrarme como soy hoy, como visto hoy, antes de tomar hormonas. Y eso me supuso encontrarme en la calle con miradas, comentarios, insultos, etc… Durante los tres o cuatro primeros meses apenas salí a la calle por miedo. Me encerré en mi casa y lo pasé realmente mal. Creo ese fue el periodo en que peor lo he pasado. Y me sigue condicionando. Porque cuando llevas veinticuatro años en tu casa, aprendiendo a defenderte del mundo con una máscara de masculinidad y de pronto tienes que enfrentarte cara a cara contra la transfobia, sin ningún escudo, inconscientemente esa masculinidad sale a relucir y tomas una actitud, una forma de comportarte, más dura o más ruda. Esto provoca que te mires al espejo y empieces a ver rasgos masculinos, rasgos que no quieres ver en ti, exagerados por tu mirada.

Y el cuestionamiento de tu propia identidad como ser humano se empieza a disparar en un círculo que se retroalimenta. Porque te planteas: si yo me estoy viendo en el espejo así, tan masculina ¿Cómo me estará viendo la gente en la calle? ¿Se van a meter conmigo hoy cuando salga? ¿Me van a decir algo? Es algo que te condiciona.

A veces, a mitad del proceso de tránsito, cuando ya había dejado de haber insultos frecuentemente porque ya encajaba mejor físicamente con la norma y empezaba a tener cispassing; me encontraba con que un día puntual alguien me decía  “travelo” o me insultaba de alguna otra forma; y con eso tenía para pasar dos semanas con un miedo terrible de estar otra vez en el punto de partida “¿Voy a volver a pasar por todo aquello?” Es un miedo que va saliendo cada dos por tres. Cuando tienes que parar las hormonas porque te sientan mal o porque vas a operarte, te planteas: ¿Va a haber un retroceso en mi tránsito físico y me voy a encontrar en esa situación de sufrir transfobia constante y generalizada en la calle? Esa parte es dura.

WhatsApp Image 2019 12 13 at 12.08.47Soñarme me soñaba mucho. Ahora generalmente no. En los días en los que se me hace más duro porque he vivido algún episodio de transfobia jodido, pienso que todavía me queda un camino por recorrer y al verme en el espejo se destacan en mi mirada los rasgos de quién era antes del tránsito, con una mirada interior muy tránsfoba hacia una misma  ¿Sabes? Una mirada que no acepta que puedo hacer el tránsito o no hacerlo y ya está, sino que quiere meterme dentro de la normatividad para no pasarlo mal, para evitar el sufrimiento. Y por supuesto, también hay días que me miro en el espejo y digo, joder, qué guapa soy. Ya está. Ya he conseguido ganar la batalla.

 

El tránsito no ha sido, no ha acabado o no ha sido suficiente para mí, porque no ha acabado con mi batalla interior. Es verdad que la ha hecho mucho más llevadera, pero creo que en el fondo se trata de un trabajo que tiene que hacer cualquier persona trans, de autoaceptación y de autoconocimiento. Un trabajito importante con la mochila emocional que todos cargamos.

Me lo hubiera hecho más fácil el conocimiento y la información abierta a toda la sociedad, porque eso habría implicado: primero, que no habría tanta pregunta, tanta transfobia y miradas por la calle; y segundo, que no habría tenido miedo a lo que hubiera pensado mi familia ni mi entorno. Si todo hubiera estado normalizado, si hubiera tenido verdaderos referentes, me habría atrevido a dar el paso mucho antes, me habría aceptado mucho antes, me habría gustado mucho tiempo antes y no hubiera sufrido tanto. Eso es lo que necesitaba: información para todo el mundo, incluyéndome a mí. Porque la información y el conocimiento liberan, nos hacen libres de prejuicios.

Mi padre falleció cuando tenía diecinueve años y a partir de ahí tuve una explosión de personalidad, por así decirlo, porque siempre había vivido siguiendo su estela. Y cuando él se fue me permití ser yo, completamente. Y claro, también había construido una masculinidad para protegerme.

Y romperla para dejar salir a quien realmente eres es un cambio. Yo, que he practicado boxeo toda mi vida, no había tenido miedo a la confrontación física hasta que salí del armario: entonces comencé a vivir con mucho, mucho miedo. Antes, con mi apariencia de chico y con mi seguridad basada en mis capacidades físicas para responder ante violencias, podía ir de la mano por la calle con un chico o una chica ¿quién me iba a decir nada? No tenía miedo a enfrentarme con nadie.

El boxeo lo había dejado antes del tránsito pero porque me lesioné. Empecé por tradición familiar, mi abuelo, mi tío, mi padre. También fue una forma de demostrar masculinidad ya que siempre tuve gestos considerados femeninos y que “debía” corregir, y que me corrigieron. Pero también es un deporte que me encanta. Y a veces sí que practico un poquito. En el entorno que tenía alrededor del boxeo nunca salí del armario. Los comentarios tránsfobos y homófobos eran frecuentes y estaban normalizados.

Con respecto a la bisexualidad se tiene un prejuicio de promiscuidad por falta información. La salida del armario siendo bisexual no ha supuesto ningún parón en mi vida, a diferencia  de mi salida como persona trans, que sí ha supuesto ciertos parones. Estaba opositando y todo este proceso de terapia hormonal te devasta, te puede. Tuve que dejarlo. Pero el tránsito no te permite coger, meterte en un capullo y salir con otra apariencia física muy normativa en relación a tu sexo o género sentido. Tienes que hacer vida mientras tanto y se hace difícil. Estudié Derecho y hubiera necesitado hacer un paréntesis en mi vida y luego empezar de nuevo, porque de lo contrario lo habría pasado bastante mal por la exposición social. Seguramente eso retrasó mi salida del armario. También tengo que destacar que, en el ámbito académico, he tenido suerte y mi familia que me ha apoyado mucho y ha insistido en mi formación; algo fundamental con las tasas de paro que hay hoy en día para el colectivo trans en concreto. Ser trans y no tener formación es comprar muchos boletos para a pasarlo muy mal; cuando no, para estar abocada a la miseria.

En cuanto las miradas sucede una cosa muy curiosa. Tengo bastante cispassing y no suelo tener problemas con la gente. Lo tengo bastante fácil, puedo quedar con una persona y, como me he operado, puedo tener relaciones sin que sepa que soy trans. Mi experiencia con los chicos con los que he quedado (no así, hasta ahora, con las chicas) es que he llegado a tener relaciones, a verme con alguno varias veces y haber buena sintonía y, al comentar que soy trans me han salido con un “vamos a ser amigos y ya está”, o me han abierto la puerta del coche y me han dejado tirada en la calle. Yo no me planteaba nada serio con esas personas, pero ya hay esa condición en el ámbito sexual y romántico.

Es complicado salir a la calle y encontrar amor o simplemente relaciones sexuales con personas que merezcan la pena. Creo que siendo una chica trans, es más fácil conectar con otras chicas que con chicos porque, igual me equivoco, pero me da la sensación de que los chicos creen poner en riesgo su masculinidad. Y las chicas no tienen ese juicio social encima. Si me pongo en el pellejo de una persona cis que sale con una persona trans, entiendo que puede pensar en que va a tener que comentarle a su entorno que está con una persona trans, incluso presentarla y enfrentarse a ese juicio sobre su propia identidad y a las mil preguntas. No es una salida del armario como la que vivimos nosotras, pero es un conflicto. Ese prejuicio generalizado lo complica todo.

Pero al margen del juicio social, no tiene sentido que tú quedes con una persona y no haya ningún problema, te lleves genial e incluso haya algo especial. Y que todo se desvanezca si te dice que es trans. He tomado la decisión de no decirlo si no me nace. Parto de la base de que ser trans no es algo negativo ni debe ser un condicionante. Así que, si tenemos un conflicto porque no te he dicho que soy trans, debe plantearse también el conflicto de que tú no me has dicho que eres tránsfobo. Así de claro: si llego a saber que eres tránsfobo, no habría salido contigo. 

 

"He tomado la decisión de no decirlo si no me nace. Parto de la base de que ser trans no es algo negativo ni debe ser un condicionante. Así que, si tenemos un conflicto porque no te he dicho que soy trans, debe plantearse también el conflicto de que tú no me has dicho que eres tránsfobo. Así de claro: si llego a saber que eres tránsfobo, no habría salido contigo".

 

He sentido cierta presión a contarlo prematuramente porque pienso: “a ver si luego se va a enfadar conmigo o me va a decir algo”. Es un círculo vicioso.

Me define la lealtad, la responsabilidad, un humor negro y una buena intencionalidad en mis acciones. Yo creo que la esencia no cambia.

Por lo que me comentan, se me percibe menos como amenaza y soy más aceptada que antes. Incluso, curiosamente, hay entornos en los que se me quiere más. Creo que poder mostrarte como quien realmente eres, reafirmar tu identidad, repercute en que te encuentras mejor contigo misma. Y eso es lo que percibe la gente.

Yo no siento que haya perdido cosas, siento que estoy ganando muchas. He perdido gente que no me ha aportado, que no han valorado mi esencia, sino mi envoltorio. Pero ya está. Creo que ha habido mucha gente que ha entendido muchos de mis comportamientos a raíz del tránsito, y entonces se ha acercado más a mí. También hay otra gente que se ha separado, pero en general creo ahora tengo un entorno más sano. Y, por supuesto, me quiero mucho más.

La familia no solamente son aquellos a los que estoy unida porque no me queda más remedio, sino más bien aquellas personas que escojo y que sé que van a seguir junto a mí, prácticamente pase lo que pase. Aquellas que son inseparables de mi núcleo afectivo.

El amor es una contradicción. Es la unión de dos independientes, dos personas que no se necesitan para nada, pero que a la vez están mejor juntas o se hacen todo mucho más llevadero y fomentan sus desarrollos personales. Pero no hay una necesidad de complementarse. Así es como yo quiero entender el amor, no como el amor romántico e incondicional, sino como el que basado en la no exigencia al otro que, al final, es lo más puro.

El activismo es una herramienta fundamental que no se desarrolla lo suficiente. Creo que estamos muy enfrascados en el uso del derecho a voto, que sí, que está muy bien pero nos olvidamos de otros derechos que tenemos que ejercer: derecho de asociación, el derecho a reunión, el derecho de huelga, derecho de manifestación, que están dejados de lado. Y el activismo como parte de este tipo de derechos, colectivos e individuales, de libertad de expresión, es fundamental en todas las luchas. Ninguna lucha se ha ganado única y exclusivamente por el ejercicio del derecho a voto. Si no tienes voz no existes.

GAMÁ es la vanguardia del activismo LGTBI aquí, en Las Palmas. Tiene una labor encomiable desde mi punto de vista. Me habría gustado participar desde antes y para mí ha sido un apoyo fundamental. Llegué por recomendación de amigos, un poco de rebote, y venir aquí y hablar con María José y meterme en los talleres y grupos identitarios ha sido fantástico.

Tengo muchos pequeños sueños. El principal es aceptarme completamente. Creo que todo el mundo debería soñar con eso, no solo las personas trans. Con aceptarme en un 70%, ya me valdría para vivir un poquito más feliz. Me conformo con que llegue el día que sea capaz de ocuparme en lugar de preocuparme y con que sea capaz de entender mis emociones en cada momento y aprender de ellas, sin más.